2. UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE
EN EL DÍA DEL MAESTRO
“El principio de la educación es
predicar con el ejemplo” Turgot.
Accidentalmente ingresé a la Carrera Pública Magisterial en Aucayacu, mi pequeño gran país, debido a los problemas sociales que se vivía hace dos décadas atrás en el valle del Alto Huallaga. Cuando ingresé a mi primer día de clase, no sabía como hacerlo, no tenía vocación docente, sino que las circunstancias me obligaban a ejercer la docencia.
Siempre tuve la formación para la vida empresarial, crecí entre la miseria y la necesidad como lustrador de zapatos, vendedor de limones, mangos en el mercado, jalador de botes en el puerto… hasta que por fin ante tanta miseria, mis hermanos mayores decidieron vender papas en el mercado, es decir ser dueños de nuestro propio negocio.
En los inicios de esa etapa empresarial sucedió el terremoto de 1966, memorable porque nosotros los alumnos del cuarto año de primaria estábamos en clases y nuestro profesor era el Gran maestro (mi reconocimiento posterior) Hermes Feliciano Contador, estudié con algunos futbolistas conocidos en estos lares como “Kerosene” Rodríguez y el “Chato” Valencia, otros no futbolistas: Azabache, Guerra, Susanibar, Merino, Gavidia, Landa, y los más grandotes: “Pulpo”, “Gallina”, entre otros que me vienen a la memoria.
En el mismo momento del terremoto vi que el profesor cogió a sus dos hijos e intentó salir y bajar del segundo piso en donde nos encontrábamos. Pero de pronto regresó de la puerta y empezó a tranquilizarnos y dirigir las plegarias a Dios y la Virgen María , rezábamos como nunca lo habíamos hecho, hasta que pasó el terremoto, pero por la experiencia del profesor, quien era nuestro líder natural y teníamos confianza, nos pidió que sigamos rezando unas oraciones más, ahora entiendo: temía por una réplica que se pudiera ocasionar y nos agarre en las escaleras.
Con el negocio que nos daba mejores oportunidades para vivir, estudié la secundaria comercial, para ayudar mejor a la familia, no teníamos máquina de escribir, ni laboratorios de prácticas, pero sí una gran voluntad de aprender, los pobres nos esforzamos más para salir adelante, ahora sé que esa actitud se llama resiliencia.
Al concluir la secundaria comercial y después de adquirir experiencia laboral rendí mi examen de grado para ser Contador Mercantil, carrera técnica que me dio muchas satisfacciones en la vida. Por falta de orientación de algún profesor de secundaria, en vez de estudiar contabilidad, que era lo correcto, decido estudiar administración, para administrar nuestro negocio que iba de viento en popa: teníamos dos locales y un gran almacén de mercaderías en el negocio de abarrotes.
Al terminar mis estudios universitarios, en busca de mejores oportunidades es que llego al Corazón del Alto Huallaga, Aucayacu, un paraíso natural y acogedor, cuando llegué. Por los problemas sociales, me invitaban a ser profesor, porque con los profesores no había ningún problema, nos respetaban porque nuestra misión era educar a nuestros adolescentes y muchos jóvenes que terminaban la secundaria.
Bien, ahora sí tenemos una visión general de por qué no tenía vocación docente. Entonces, decido estudiar para ser profesor en el nuevo instituto pedagógico que se creaba en Aucayacu. Cinco años después, entre la duda de retirarme o seguir, porque me faltaba vocación y compromiso con lo que hacía, decido hacer un viaje a la ciudad de Huacho para saber si vale o no vale la pena ser docente en el Perú.
Recuerdo que cuando estaba en el quinto año de primaria (Promoción) en el mes de agosto apareció por el colegio un hombre de unos 35 años de edad su apellido nunca lo olvidé, Rosales, un moreno que parecía “Hércules”, fortachón y grande… nos impresionaba su figura. Era un ex alumno de nuestro profesor Feliciano que llegó de visita para contarle cómo le iba en la vida. Fue presentado en el salón como un ex alumno del plantel y deseaba trasmitirnos algunas experiencias. Hay semillas que se siembran en el alma que nunca pueden olvidarse, esa experiencia fue muy emotiva y de alto contenido moral, esa visita nunca lo olvidé: Nos dijo que cuando vayamos a la secundaria y en el futuro, cuando seamos profesionales, no nos olvidemos de nuestro profesor, menos de nuestra Escuela Primaria Nº 465 – “Escuela de Beteta” porque así se apellidaba nuestro director.
Habían pasado treinta y dos años desde que salí de la escuela, en alguna ocasión cuando estudiaba en la secundaria, veía pasar a mi profesor, me cruzaba hacia la otra vereda y me hacía que no lo veía, no sé por qué, pero tenía vergüenza de saludarlo… tal vez por el recuerdo del compromiso de ir a visitarlo y no saber enfrentar a las nuevas promociones de niños que pronto seguirían el camino de la vida… o tal vez la fuerte lucha para sobrevivir, porque mi escuela era una escuela para pobres, eran poquísimos los de clase media. Los que tenían plata estudiaban en La Merced , Los Maristas, El Carmen, El Comercio, Liceo Moderno, entre otros colegios para clase adinerada.
Estas reflexiones me seguían por semanas, qué hacer; entonces decido preguntar a mi padre, vía teléfono, si el profesor Hermes Feliciano todavía sigue enseñando y si sigue viviendo en su misma casa del jirón Acevedo. Mi padre me dice que ya no enseña, es jubilado pero que sí sigue viviendo en la misma calle pero en la segunda cuadra, ya no en la tercera. La explicación era que mi profesor ya tenía casa propia, la anterior era alquilada. Por lo menos los frutos de toda la vida le habían permitido tener una bonita casa de material noble con rejas de aluminio y piso de mayólica.
Con motivo del Dos de Mayo, aniversario de mi Alma Mater del nivel secundaria: G.U.E. Luis Fabio Xammar, decido visitar a mi querido y admirado profesor. Con la debida anticipación estoy en mi casa, con mi mamá Teresa y mi papá Claudio y mis hermanos mayores y menores, un cumpleaños especial en la familia y la celebración del día Primero de Mayo, un día especial para todos los trabajadores del mundo. Ese día no podía dormir, estaba pensando cómo sería el encuentro con mi profesor, ¿me reconocería, después de tantos años? ¿Con tantos asaltantes y delincuentes no desconfiaría de un hombre extraño?
Por fin llegó el día y la hora apropiada, a eso de las nueve fui por una tienda de regalos y encontré un hermoso reloj de escritorio que a la vez era un porta lapiceros pedí que lo envuelvan para un regalo especial, en la tarjeta mencioné mi nombre y el año de la promoción. Todavía faltaba media hora y me di una vuelta por mi antigua escuela, allí funcionaba una escuela particular y el director me dijo que mi escuela, desde hace años ya no existía y que pregunte en la Ugel si tengo algún interés. Me dio a entender que no podía ir a mi antiguo salón del segundo piso porque estaban en clase y a los alumnos no se les podía interrumpir. Le agradecí por la información y me dirigí a la casa de mi profesor.
Y siguiendo las lecciones de Phileas Fogg, referente de la hora inglesa, estuve exactamente a las diez de la mañana tocando el timbre de la casa de mi antiguo profesor. Salió una mujer un poco anciana y me preguntó qué deseaba. Le dije que quería visitar al profesor Hermes Feliciano Contador y que era un ex alumno de la promoción 1967 de la Escuela N º 465. Me miró y con cierta desconfianza me dijo que espere. La reja de la casa tenía un candado para evitar el ingreso de personas extrañas, yo era uno de esas personas… un extraño.
Cuando salió mi profesor, lo reconocí inmediatamente, no había cambiado mucho, se mantenía casi igual… su mirada firme, serio y vestía con su saco, como siempre. Al observarme me preguntó: ¿Qué desea señor? ¿A quién busca?... En realidad, no podía responder… me invadió una emoción indescriptible, se hizo un nudo en mi garganta y por fin, con palabras entrecortadas le dije: Soy el profesor Raúl Felipe Gamarra Huertas, soy su ex alumno de la promoción 1967, mi padre es Claudio Gamarra, los que vivíamos por el cementerio. Mi promoción es Azabache, Guerra, Valencia, Merino, Kerosene, Pulpo, Gallina…
Entonces, recién me reconoce y abre la puerta para hacerme pasar y me dice que sólo dispone de media hora para atender mi visita. Le agradezco la cortesía y le digo que no le quitaré más tiempo de lo convenido.
La visita duró más de tres horas… le conté sobre mi situación de profesor, sentía que me faltaba alguna motivación para comprometerme con una profesión mal remunerada. Quería saber si valía la pena ser profesor y si él estaba contento con su vida dedicada al magisterio. Le conté que lo visitaba por el recuerdo del ex alumno Rosales y que me disculpara por haber llegado después de más de treinta años.
Me dijo que yo era la tercera visita durante toda su vida, me dijo que los alumnos con el tiempo se vuelven ingratos, se olvidan de sus profesores y a pesar de todo se siente contento porque muchas personas, algunas desconocidas, le saludan con aprecio en diferentes lugares, son personalidades de la vida empresarial, política y funcionarios del Estado. Me cuenta que además de la Escuela , él enseñaba en el colegio La Merced , pero que esta visita es algo especial, por mis dudas de ser docente, y empezamos a acordarnos del terremoto, las oraciones y la plegaria “Más cerca de ti Señor” que él nos había enseñado a partir de la película El Titanic, el cuarto oscuro de la calavera, nuestro paseo al Parque de las Leyendas...
Me habló de los cebiches que preparaba para darnos en horas del recreo, porque nos faltaba alimentarnos, las anécdotas de nuestros compañeros, llamó por teléfono a la Ugel y me dijo que tenía una sorpresa para mí. Al poco rato me presentó a su hijo “Coqui” que ahora era el director de la Ugel de la provincia de Huaura. Le preguntó a su hijo ¿Te acuerdas de él? “Coqui” dijo que no se acordaba, era muy niño. Le preguntó si estaba contento de ser profesor, inmediatamente respondió que era la mejor decisión de su vida, seguir el ejemplo de su padre. Me saludó y se retiró inmediatamente.
Mi profesor se sentía realizado, me presentaba a su hijo, como señal que ser docente en el Perú, a pesar de todo, vale la pena. Me contó sobre algunas gestiones que hacía en el Ministerio de Educación y los responsables eran sus antiguos alumnos y que en pocos días obtenía mobiliarios para la escuela. Me dijo que nuestra labor es la más importante de la sociedad y que tenemos una responsabilidad histórica para con la sociedad, es la carrera que nos acerca a Dios y a su hijo el Maestro de maestros.
Cuando regresé a Aucayacu, regresé renovado con nuevos bríos, con mayor compromiso y dedicación para con mis alumnos, aprendí que no me debe interesar lo que los demás hagan o no hagan, sino lo que yo puedo hacer y enseñar a partir del ejemplo para recuperar el prestigio de la carrera que nos aproxima a Dios y a su hijo el Maestro de maestros.
¿Cuántos docentes sabemos celebrar el Día del Maestro? La sociedad de consumo no puede doblegar la vocación de los profesionales de la educación que tienen como objetivo e ideal la construcción de una sociedad más justa y solidaria. ¡Feliz día Maestros del Perú!
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